Naturaleza de la creencia
Definimos a la creencia como una línea de "código vivo" que orienta la conducta y la interpretación del entorno. Son las conclusiones de los enactos. Entendemos que se configuran mediante experiencias y creencias previas, de modo que determinar cuál es la inicial, equivaldría a dar con el dios detrás de dios de Borges.
Para Ortega y Gasset no son meras proposiciones que uno "tiene", sino un trasfondo desde el cual se vive.
Coincidimos en este carácter no antropocéntrico y estructurante, pero ampliamos el marco: la creencia, en distintos grados de complejidad, está presente en todos los seres vivos. Es un mecanismo bioadaptativo que el organismo construye y consolida mediante enactos, registrando y fijando estrategias que han demostrado ser viables para la continuidad de la vida.
Distinguir entre una creencia basal y una social es esencial para cualquier estrategia de mejora. Las primeras suelen oponer una resistencia mayor al cambio y requieren intervenciones sobre las condiciones que las fijaron. Las segundas pueden reestructurarse replanteando indicadores, tramas y acuerdos colectivos.
Proponemos considerar idea, creencia y mandato en un espectro de profundidad y arraigo:
- Idea: representación cognitiva flexible, débilmente vinculada a la acción.
- Creencia: configuración estable que orienta y sesga la percepción y la respuesta.
- Mandato: creencia cristalizada que ha ingresado al conjunto LAM, influyendo de forma determinante en la celebración de futuros enactos y relatos.
Cuando una creencia alcanza el nivel de mandato, deja de ser una posibilidad para convertirse en un sesgo permanente del sistema. Los llamados "traumas" serían mandatos incrustados. Parte del trabajo de la psiquitectura será diseñar métodos de desincrustación.
Definicionismo funcional
El enfoque al que llamamos definicionismo sostiene que todo organismo vivo delimita e interpreta su entorno para poder operar en él con el fin de procurar la continuidad del sistema vital. Lo hace explicando lo que encuentran, proyectando lo que podría funcionar y creando lo que necesita.
Tanto el SERbasal como el SERsocial son agentes definidores que operan en los dominios de la teoría (especulación) y la práctica (acción), que se condensan enactuando. La IF enactúa en el terreno de la práctica.
El enacto es un segmento del proceso de enacción que define al sistema vital tanto en su biohard como en su biosoft.
LAM: Licencias, Acuerdos y Mandatos
Las LAM son Licencias, Acuerdos y Mandatos que operan como condiciones de posibilidad dentro del dominio relacional. Funcionan como el marco que determina qué tipo de relaciones pueden establecerse, sostenerse o disolverse. Funcionan de modo análogo a los permisos y códigos de construcción: no indican qué debe construirse, pero delimitan con precisión qué está permitido, qué será sancionado, qué resultará ilegible y qué se demolerá.
- Licencias: habilitan nuevas formas de relación, como marcos interpretativos. La ironía, el humor, el lenguaje científico, invocan licencias.
- Acuerdos: sostienen coherencias compartidas. Estabilizan prácticas sin necesidad de explicitación.
- Mandatos: clausuran alternativas y fijan límites que ya no están disponibles a negociación inmediata.
Una característica decisiva de las LAM es que no suelen percibirse como tales. Cuanto más eficaces son, menos visibles resultan. El organismo no siente que obedece un mandato; simplemente experimenta que "así se vive", "así se hace" o "así se es".
Biosoft y biohard
Proponemos metáforas heurísticas, no para reducir la vida a un circuito electrónico, sino para resaltar un aspecto clave: que la información y el soporte físico son dos elementos diferenciables para el estudio pero inseparables en los organismos. La comparación enfatiza la capacidad del biosoft para reprogramarse en tiempo real, adaptándose mediante aprendizaje y experiencia, mientras que el biohard ejecuta las instrucciones y se autoconfigura.
La existencia de un SERbasal que opera químicamente se vuelve más fácil de visualizar cuando trasladamos su lógica a un sistema artificial. Por ejemplo, para emular el circuito sensaciones/emociones en una IA se podría añadir una capa endocrina artificial: un pequeño repertorio de "hormonas digitales" que se cargan cuando los sensores físicos o sociales detectan eventos relevantes.
Desde este marco, la distinción clásica entre cuerpo y mente resultaría insuficiente. Lo que persiste tras la muerte de un organismo no es "el cuerpo" en sentido pleno, ni lo que desaparece es "la mente" como entidad separable. Ambos fenómenos, por ahora son inseparables: ninguna conducta, gesto o acción puede ejecutarse prescindiendo de alguno de los dos.
Sobre automatismos y mecanismos
En los usos contemporáneos, términos como automático o mecanismo suelen emplearse como si designaran procesos neutrales, impersonales y carentes de autoría. Se los invoca para describir "lo que ocurre" cuando, en rigor, operan como fórmulas de cierre explicativo que permiten continuar la acción sin explicitar cómo, por qué y bajo qué definiciones previas algo sucede de ese modo y no de otro.
Al hablar de automatismos se sugiere que un proceso "se pone en marcha solo", cuando etimológicamente lo automático no remite a lo ciego o mecánico, sino a aquello que se inicia desde sí. En su acepción originaria, lo automático no excluye interioridad ni dirección; excluye intervención externa visible.
Algo similar ocurre con el término mecanismo. Derivado de la mēkhanḗ griega —el artificio ingenioso para resolver una dificultad—, lo mecánico designaba originalmente una solución situada, creativa, incluso astuta. En su uso actual, en cambio, el mecanismo aparece como una cadena causal rígida, cerrada y autosuficiente.
Estos giros lingüísticos cumplen una función cognitiva precisa: permiten cerrar explicaciones sin una comprensión profunda del proceso. Operan como estabilizadores que clausuran provisoriamente la indeterminación cuando no se dispone de conocimiento suficiente.
Recuperar esta distinción no implica moralizar la naturaleza. Implica reconocer que incluso los procesos más impersonales están inscritos en historias de definición enactiva, de estabilización y de clausura progresiva.
Emisores y receptores vs relatador-persona
La comunicación humana está definida por gran parte de la ciencia dominante con el modelo emisor–mensaje–receptor. A pesar de los esfuerzos para calzar el modelo con el comodín del "contexto", la propuesta no funciona. Según este esquema, alguien emite un contenido, otro lo recibe, y el éxito del intercambio depende de la correcta transmisión y decodificación del significado.
El problema no es solo que el modelo sea simplificador, sino que describe algo que no ocurre: los humanos no intercambiamos significados ya configurados.
Desde la perspectiva del SSI, los humanos no integramos una sociedad de emisores y receptores (dual), sino una red de relatadores-personas. Cada humano "relata" en sí mismo y "persona" para los demás; y cuando habla, no "envía" un mensaje, sino que ofrece contenido. A ese acto de ofrecer lo llamamos personar. Personar no es transmitir sentido, es poner algo a disposición para que otro sistema, si lo celebra, lo incorpore en su propio proceso de relatación.
Metáfora del ajedrez: El modelo emisor-receptor supone que cada hablante entrega un tablero armado. En el análisis de enacto-relatos ocurre otra cosa. Cuando alguien persona, no ofrece un tablero armado, sino una bolsa desordenada con piezas de ajedrez mezcladas, el tablero plegado, anotaciones y muchos otros elementos. El relatador-persona no recibe ese material como un mensaje a decodificar: decide si abre la bolsa, qué saca, qué deja dentro, qué ignora.
Metáfora del pan: Cuando alguien persona, no entrega pan horneado. Ofrece ingredientes: harina, agua, sal, levadura y una receta sugerida. Nada de eso determina el pan que finalmente se hornea. El relatador puede usar algunos ingredientes y descartar otros, cambiar proporciones, añadir nuevos, o incluso decidir que no es momento de amasar nada.
El acuerdo deja de ser coincidencia de significados y pasa a ser compatibilidad operativa. Dos relatadores pueden "estar de acuerdo" sin hablar de lo mismo, porque los tableros que armaron son compatibles.
Voluntad y mandatos
Al referirnos a la voluntad partimos de una afinidad con el conatus de Spinoza: coincidimos en reconocerlo como una fuerza común a toda la vida, no exclusiva del ser humano. En nuestro modelo, la voluntad se concibe como una fuerza que se vuelve vectorial al ser orientada por el mandato de continuidad vital, mientras que en Spinoza es potencia y necesidad intrínseca de persistir. Proponemos que son precisamente las creencias las que otorgan sentido y rumbo a esa energía.
El mandato primigenio
Llamamos mandato primigenio a la orden que direcciona el impulso vital, no solo hacia la supervivencia individual, sino a la expansión del sistema total de la vida. Pero también la muerte de ciertos organismos resulta indispensable desde la perspectiva evolutiva, para la continuidad del ecosistema: habilita el surgimiento de nuevas variantes y conserva la riqueza y plasticidad del conjunto.
El sistema basal recompensa, mediante neuroquímica, todo aquello que interpreta como aporte a ese mandato de continuidad —procrear, cuidar descendencia, sostener otros seres, regenerar hábitats— y, del mismo modo, activa procesos autodestructivos cuando concluye que ya no somos útiles.
Viktor Frankl ejemplifica la potencia de voluntad + creencia en El hombre en busca de sentido: los prisioneros que hallaban propósito —mantener la dignidad, auxiliar a otros, imaginar un reencuentro futuro— no solo resistían más, sino que fortalecían la urdimbre colectiva de la vida.